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La primera cualidad del paisaje de Tulumba se destaca de inmediato al visitante, puede apreciarse desde las lomadas de su entorno semirural, que por estar a mayor altura que el poblado permite la observación de conjunto (desde el Cristo de los Granaderos o desde el acceso en las proximidades del cementerio).

 

En esas visuales se percibe claramente la vocación urbana de su implantación colonial original por lo compacto de su asentamiento, en contraste con las suaves ondulaciones del medio natural y su vegetación autóctona, baja y extendida. Lo construido se concentra en el espacio imbricándose con vegetación incorporada de mayor altura, sobre la que se destaca el volumen de la iglesia y el edificio de la policía, marcando el significado cultural de lo realizado por el hombre frente a la naturaleza.

 

El perfil resultante destaca la función de remanso, de abrigo, de lugar de encuentro que cumple la Villa conformada en un espacio definido y delimitado contrapuesto al marco extendido de su medio natural y que al mismo tiempo adquiere para el visitante un sabor de oasis que justifica la propia razón de ser del poblado, evoca las características históricas que le dieran origen.

 

Aunados a los atributos emergentes de su trazado original, se perciben aún allí los rasgos de la arquitectura colonial que iniciara la construcción del poblado absorbidos en un contexto predominante de líneas italianizantes resultado de nuestro desarrollo arquitectónico del siglo XIX. Se trata de un conjunto homogéneo y coherente, cuya presencia envuelve al espectador en un ambiente del pasado cuya tranquilidad, tamizada con el murmullo de la vegetación que emerge sobre lo construido, constituye una cualidad palpable y singular.

 

 

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Las fachadas de la edificación, con su predominio de líneas horizontales y presencia de techos inclinados, adquieren un rol protagónico, separando el espacio público del privado, y donde ellas no existen, diferentes cercas y tapias se encargan de la continuidad del tejido.

 

La situación de edificación continua que caracteriza al corazón del poblado, comienza a desaparecer a medida que nos alejamos de las “cuatro esquinas” y de los tramos de las calles que dan acceso a aquellas –marcados por la presencia de edificios significativos como la iglesia, la policía, la escuela y numerosas casonas de poderosa presencia- y se pierde gradualmente hacia la periferia constituida por edificación más moderna, retirada de la línea municipal y con cierto predominio del espacio libre sobre lo edificado por sus jardines en los frentes. 

En consecuencia, su paisaje no está constituido por algunos edificios aislados, ni por una calle, ni por un paraje, sino por un conjunto de su paisaje urbano y rural. Desde las lomadas de su entorno se percibe la vocación urbana de su implantación colonial fundacional. Lo construido se imbrica con la vegetación incorporada, sobre la que solo se destaca el volumen de la iglesia.          

                                          

El ingreso y el recorrido de sus calles, descubre otras cualidades del paisaje de conjunto. Por un lado su trazado urbano donde la cuadrícula del modelo español ha conservado la escala de un poblado pequeño que, condicionada por la topografía del lugar, presenta algunas manzanas y calles irregulares con veredas altas, dos de ellas  que se destacan como estructurantes son, la Diputado Moyano y la Calle Real, cuyo cruce define un nodo que marca el “corazón” de la Villa y se denomina en el lugar, las “cuatro esquinas”.

 

Su identidad está enfatizada con una placa de cerámica y un verso tradicional:“Lindo el nombre, bello el pueblo, Buena gente, fragante el pan… Quien le ame por todo ello, Deje las cosas como están.”

 

La irregularidad del trazado ha condicionado la resultante espacial del tejido, cierres visuales que ofrecen imágenes cambiantes, como consecuencias de quiebres, que determinan espacios urbanos articulados con gran riqueza espacial; siendo ésta una de las improntas más identificatorias que dan particularidad a la Villa.

 

Las variaciones en el ancho de las calles y la materialización del tejido que se comprime y se dilata, enriquece la calidad urbana. Un elemento de singularidad e identidad del asentamiento, lo constituye la presencia inmediata de lo rural, de la imagen del valle productivo insertándose en la trama urbana.

 

El valle, su producción, las huertas, los frutales (ciruelos, duraznos, manzanos, higos, etc.) los tunales, son referencias recurrentes en los testimonios de los vecinos sobre la Villa unas décadas atrás. Volviendo al trazado, un hecho singular en el ordenamiento de la Villa, respecto alas disposiciones de los asentamientos de origen colonial en nuestra provincia, es la ausencia del espacio plaza como cuadra independiente y como ámbito convocante de las funciones institucionales, administrativas, religiosas y comunitarias.

 

En contraste a esto, la Villa de Tulumba pareciera haberse organizado desde su origen prescindiendo de este espacio urbano, ocupando la única plaza del poblado un cuarto de manzana al costado de la iglesia, que por su conformación y localización asume un rol preponderante, calificada por su arbolado y su límite con tejido de alambre. 

 

 

 

 

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El paisaje natural: Dentro del ejido de la Villa, nace el Arroyo Tulumba, (subterráneo valle arriba), que corre de Oeste a Este adentrándose en las quebradas y cañadones que se abren a ese rumbo. Por unos dos o tres kilómetros corre por un estrecho cauce formando al caer entre afloramientos rocosos pequeñas cascadas y ollas que forman piletas de fondo arenosas poco profundas y que fueran, hasta la construcción de la pileta municipal, lugar de convocatoria para turistas y jóvenes de la localidad.

 

Características edilicias y urbanas: en términos generales, el nivel de edificación, (antigüedad, materiales utilizados, estado, etc.) es más elevado que el que se presume, considerando el persistente proceso de estancamiento económico y demográfico que afecta al poblado y los niveles de ingresos de la población, entre otros aspectos.

 

Imagen de conjunto de la Villa: desde una visión lejana de la Villa, hay un predominio de los árboles sobre las edificaciones, con la presencia destacada de elementos arquitectónicos significativos como la iglesia, la sede policial, y galpones de amplias dimensiones en chapa de zinc; en general la imagen muestra una cierta centralización y compactación, aunque en la periferia, viviendas individuales se abren al paisaje rural.

 

Los tipos edilicios más significativos son la iglesia, la plazoleta Granadero José Marquez, antigua capilla, casonas destacadas, escuela primaria, la sede policial, la sede Municipal, el Banco Provincia de Córdoba, el Club Velez Sárfield, el Hospital, el Hogar de Ancianos y la Hostería; ya, en la periferia y lugares semirurales cercanos, el Cementerio, Cristo de los Granaderos y la Ermita del Cerro.

 

El área central, muestra la vocación urbana de su origen colonial, de la primera etapa de la independencia nacional y de la siguiente etapa de consolidación, con tipos derivados de la arquitectura italianizante complementando y/o substituyendo a la arquitectura colonial preexistente.

 

Las veredas, por sus características constructivas y de nivel en relación a la calzada y entre ellas mismas y por los escalones incorporados para salvar las diferencias topográficas, son otro de los hechos singulares del pueblo. Altas en relación a la calzada a la manera colonial, en algunos casos muy notorios, como en las “cuatro esquinas”.

 

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